[caption id="attachment_77" align="alignnone" width="660"]Conejos de Pascua Manika Conejos de Pascua Manika[/caption] Había una vez, en un lugar tan lejano que no podrías llegar ni en bici, ni en coche, ni en tren, una niña de 9 años que se llamaba Adelaida. Ella vivía con sus papás en una casa muy linda, grande, con paredes de piedra y puertas y ventanas de madera. La casa estaba en un terreno tan grande que desde la ventana no podrías ver el final. En el mismo terreno tenían una granja con muchos animales.  En las mañanas Adelaida ayudaba a sus papás a cortar fruta y verdura madura de los árboles y plantas de la hortaliza. También era su responsabilidad recolectar los huevos que ponían las gallinas. En aquel tiempo la gente de ese pueblo y de muchos otros pueblos cercanos, conmemoraban solemnemente la Semana Santa, cuando una tarde, ya a punto de anochecer, se acercó un caballo con un mensajero del reino a dar un importante comunicado, que decía así:
“Queda estrictamente prohibido durante los siguientes 40 días, comer cualquier cosa que sea de origen animal, como señal de respeto ante el sufrimiento que Jesús vivió en sus tiempos.”
Cada Semana Santa, la mamá de Adelaida hacía recetas deliciosas con todo lo que cultivaban en su hortaliza así como también conservas y platillos vegetarianos. Este año sería diferente a los demás pues no podrían comer tampoco ningún derivado de animales, como por ejemplo, huevos, leche, queso y demás derivados. A la mañana siguiente, Adelaida despertó muy emocionada pues la primavera acababa de llegar y era su estación preferida. Con ella los días empezaban a ser mas calientitos y podía salir a jugar, a montar los burros y caballos, a ordeñar a las vacas, a perseguir a las liebres y además las gallinas empezaban a poner mas huevos que en el invierno.  En su granja habían 10 gallinas y esa mañana Adelaida logró recolectar 12 huevos en una sola visita, razón por la cual regresó muy orgullosa a su casa. Cuando llegó, su mamá puso todos los huevos en una canasta que se llenó parcialmente. Al día siguiente, Adelaida fue por mas huevos y ¡sorpresa, regresó con 16! Y así cada día de la semana iba juntando mas huevos hasta que llegó a tener mas de 100. Su mamá le pidió que por favor fuera a venderlos al pueblo pues no iban a poder comérselos todos antes de que se pudrieran. Adelaida tomó la canasta y se dirigió al pueblo para venderlos.  Después de mas de 2 horas de camino, llegó al pueblo y se encontró con que todo estaba lleno de canastas con huevos a la venta y nadie podía comérselos hasta el término de la cuaresma. ¡Que problema!  Haber esperado tanto en el invierno para saborear los huevos en el desayuno y ahora que tenían muchísimos, ¡nadie podía comérselos! Muy triste regresó a su casa y después de otras 2 cansadas horas de caminata le dio la noticia a su mamá.  Tristes todos y confundidos, se sentaron a pensar ¿Qué podrían hacer con los huevos? A papá se le ocurrió hacer una escultura, pero sería muy frágil. A Adelaida se le ocurrió hacer una divertidísima guerra de huevos, pero por supuesto que era mala idea desperdiciar tanta comida y pensó también que las gallinas se iban a enojar con ella, así que siguieron pensando.  Después de meditarlo otro rato a mamá se le ocurrió la idea de cocer los huevos para que se conservaran por mas tiempo. Esa les pareció una gran idea así que Adelaida y su mamá empezaron a hervirlos.  Cocían de 10 en 10 y tardaron casi toda la tarde.  Pusieron los huevos en la canasta y quedaron muy contentas con su solución. Día con día Adelaida siguió recolectando huevos frescos y así se siguieron acumulando. Ya no sabían en dónde ponerlos pues la cocina tenía huevos en cada rincón. Esa tarde se disponían a cocer todos los huevos frescos pero con tal desorden se creó una gran confusión. Adelaida y su mamá no tenían ni la mas remota idea de cuales estaban frescos y cuáles estaban cocidos. ¿Y ahora?  ¡¿Que podrían hacer?! Adelaida se propuso a hacer algo antes de que el desastre fuera irreparable.  Empezó a marcarlos con colores para diferenciarlos, pero era una actividad tan divertida que cada huevo que pintaba le quedaba aún mas bonito que el anterior y siguió así hasta producir grandes obras de arte.  ¡Que buena idea! ¡Al finalizar la cuaresma, podrían comerse todos los huevos que Adelaida había pintado! Su mamá hirvió el resto de los huevos y durante los días que quedaban de la cuaresma, los pintaron y los pusieron en una gran montaña de huevos decorados. Una tarde de aquellas en que el cielo se pinta de muchísimos colores, llegó otro mensajero del reino que anunciaba el fin de la cuaresma.  Al ver todos los hermosos huevos quedó tan encantado que preparó un mensaje real para comunicar esta gran idea a toda la población. Adelaida se fue a dormir muy satisfecha con todo lo que ella y su mamá habían logrado. Cuando se despertó se dio cuenta de que ninguno de los huevos que había pintado estaba ahí. ¡Fue tan triste para ella! ¿Que les pudo haber pasado? ¡Nadie podía consolarla, eran tan hermosos!  Salió corriendo y a lo lejos vio una de sus liebres brincar alejándose rapidísimo. Esa liebre tenía las orejas mas grandes que existían y en ellas cargaba un montón de huevos mientras corría a toda velocidad. Iba tan rápido que aunque Adelaida tenía mucha experiencia correteándolas, le fue imposible alcanzarla y regresó llorando a su casa.  Se sentó en su jardín y llena de lágrimas vio algo que brillaba.  Se acercó y se dio cuenta de que ¡era uno de sus huevos!  Así poco a poco, los fue encontrando todos pues la liebre los había escondido.  Adelaida pasó un rato increíble buscándolos y se dio cuenta de que la liebre sólo había querido jugar con ella. Esa misma noche su mamá le leyó muchas historias de algunos lugares en el mundo en dónde la liebre nos recuerda la abundancia y la fertilidad en la naturaleza.

Desde ese día, cada año, la gente del mundo pinta cascarones y la liebre de pascua las esconde. A aquellos niños quienes no tuvieron tiempo de pintar sus propios cascarones, la liebre, que es muy generosa, les comparte de los muchos huevos  que sobran en el mundo.

Esta historia está basada en las costumbres que se establecieron entre el siglo VIII y IX de los pueblos Cristianos.